Sobre Un manifiesto. Variaciones sobre el tiempo,
el amor y las cosas
(dirigida
por Jazmín Titiunik)
ph. Natacha Ebers
Una cebolla. La composición fisionómica de una
cebolla. El simple y sencillo hecho de no ser más que una composición de capas
y capas, láminas y láminas que se van achicando hacia un centro. Pero un centro
en el que no hay nada, solo más capas. Un centro ausente, podríamos decir. Sin
embargo, cada capa de la cebolla se compone a su vez de muchas capas más. Capas
y más capas, unidas filogenéticamente por fibras que se intensifican hacia un
centro ausente, inexistente. Un centro des-centrado.
Una cebolla. Su cuerpo fisionómico. La composición
milimétrica en que capas y capas se superponen unas a otras, dividiéndose
internamente en nuevas capas hasta plegarse sobre un agujero milimétrico que,
en verdad, no es más que la mayor intensificación de las capas. Pero todas esas
capas, vistas desde cerca, no son capas regulares. Son filigranas de un ritmo
irregular, plagado de pequeños pliegues, como cualquier piel. Lo terriblemente
bello de la cebolla, vista a nivel microscópico, es que no es más que piel y
piel y más piel. No hay un carozo de fondo, un núcleo duro que atesore una
verdad. Son pieles plegadas, desplegadas y vueltas a plegar. Pues bien,
precisamente este es el procedimiento en que se compone Un manifiesto. Variaciones sobre el tiempo, el amor y las cosas.
No estamos aquí frente a una obra que se anude en
los tótems tradicionales de las artes escénicas: “el conflicto”, “el tema”, “la
acción”. Tampoco en la nueva cultura totémica (y biopolítica) de “el cuerpo”,
tomado así en gigante como un todo-fundamento-carozo. Es, justamente como la
cebolla, mucho más “superficial”. O como la rosa, que según Angelus Silesius,
“es sin porqué, florece porque florece…”. La piel, el máximo grade de
exposición de un cuerpo, sin porqué. Y
sin embargo, un cuerpo, una singularidad. Ella es lo central, porque no hay el
cuerpo-universal, sino un cuerpo. Por
ello, un manifiesto. Y, como dijimos
al comienzo, una cebolla (porque para
ser justos, tampoco existe “la” cebolla). Es en este sistema de pieles plegadas
y replegadas (entre sí, sobre sí, contra sí), sin porqué, donde ocurre la
dimensión escénica de Un manifiesto.
Es preciso destacar este punto porque ello es lo que le otorga a la obra su
carácter abiertamente plural y múltiple. Es decir, su des-centramiento. O bien,
su centro ex-céntrico, desplazado al nivel de la piel. El sistema escénico,
entonces, adquiere una profundidad que, como la cebolla a nivel micro, no tiene
linealidad puesto que las capas no aparecen una atrás de otra, sino cada una en la otra. Un sistema de capas
geológicas: y es aquí donde se muestra su singularidad, puesto que, como toda
geología, en ella se muestran la duración
del tiempo que atraviesa y vincula las diversas capas.
La obra se presenta en dos planos diferenciados
espacialmente, una banda musical, llamada “A las fuerzas superiores”, y una
suerte de multitud de cuerpos que, como las mismas capas de las que hablábamos,
se contaminan una y otra vez. Pero no solo entre ellos, sino también con la
misma banda ya que los intérpretes y los músicos intercambian sus papeles más
de una vez. Aparece entonces un abanico de devenires, que abren breves
aforismos sobre el amor y la ficción, así como también diversos movimientos,
sonidos, ritmos, desplazamientos. La dimensión musical, un verdadero universo
onírico, no “acompaña” sino que produce ese mismo abanico. Pero lo central es
que esa multiplicidad no tiene ningún centro más que su propio “darse”
temporalmente. Es decir, la compaginación de las diversas capas escénicas —físicas,
sensitivas, cinéticas, musicales, sonoras, coreográficas, sostenidas por
miradas, cuerpos, gestos, acciones y desplazamientos—, se da a través de un
fino trabajo en y sobre el tiempo. Pero, y aquí va quizás su gran complejidad, un tiempo que no se hace, sino que se
soporta. En otras palabras, se trabaja receptivamente
con la dimensión temporal. Aparece, entonces, en medio de esas capas sin
centro que las anude, una dimensión intangible que las atraviesa: la pausa. Es
este tiempo de la pausa, espinoso para cualquier hecho escénico, el que una y otra vez hace que la composición
se ajuste a un verdadero padecer el tiempo, a la “duración” pura que es el
tiempo, como dice Henri Bergson. Por ello la escena lograda tiene una dimensión
geológica, pues en el engarce mutuo de cada capa sobre la otra, se inscribe una
dimensión que solo es temporal. Y en ello la obra alcanza quizás el corazón del
acontecimiento escénico per se:
entretejer una singularidad con un devenir temporal. Y, podríamos decir, que es
precisamente ese punto donde lo singular se temporaliza donde sucede el hecho ficticio. Es que, a fin de
cuentas, ya no es “el conflicto”, “el tema” o “la acción” lo que define a la
ficción, sino el ser un tiempo
absolutamente singular. Y en eso consiste la ficción que propone Un manifiesto, una ficción que en sus
propias condiciones es lo más real que existe.
Una cebolla. Si dejamos una cebolla en un ambiente
propicio por un tiempo prolongado, ella no se pudrirá. Desde dentro de las
capas, y como una intensidad azulada, surgirá un brote. Y si dejamos a ese
brote devenir, más tiempo aún, será una planta. Y así entendemos que cuando hay
capas y tiempo, como en una cebolla, hay una realidad vital que solo adviene
cuando se soporta el paso del tiempo, de la ficción.
...modo poètico de ejemplificar la poètica de una OBRA para No Perderse !!! Felicitaciones
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